
¿Es cada momento de tu día una carrera contrarreloj llena de estrés y distracciones? ¿Pasas por la vida en lugar de vivirla?
En palabras de Carl Honoré, «hemos perdido la capacidad de frenar», vamos corriendo por la vida, en vez de vivirla.
Estamos en confinamiento, no en concurso de productividad: Haz, aprende, saca partido, aprovecha…
Fuera presión, por favor!
La contrapartida es ralentizar la vida y reducir las cargas mentales, académicas o laborales para disponer de más tiempo de calidad. Ir lento es privilegiar calidad contra velocidad.
Y resulta que no me apetece, también está muy bien. Porque la lentitud es un superpoder en un mundo hiperacelerado.
Y para mí la lentitud conecta con el modus operandi de una técnica neerlandesa para combatir el estrés e impulsar la creatividad. Se llama ‘niksen’, que se traduce en no hacer nada. Resulta que no es tan sencillo dejar el cuerpo en reposo y la mente en flotación, y lo más importante: sin sentir ningún tipo de culpa o remordimiento. Una cultura con la que el marketing más trending ya está haciendo frenesí.
«Llegó un momento en mi vida en que leía a mi hijo los cuentos a toda prisa, saltándome páginas. Me di cuenta de que había perdido la cabeza, estaba enloquecido, arruinando mi vida con esta adicción a la prisa. Hoy por hoy, por todo el planeta, cada vez más gente está haciendo lo impensable: están desacelerando, están ralentizando, en todos los sectores de la vida”. Así describe el escocés Honoré, “gurú anti prisa” y representante del movimiento Slow, el riesgo de vivir en permanente prisa y cómo es posible dar un cambio radical al estilo de vida hiperacelerado.
Potencial de la inactividad.

La ciencia también ve con buenos ojos el permitirse no hacer nada. De acuerdo con la autora estadounidense Brigid Schulte, periodista, autora y directora del instituto Better Life Lab at New America (Washington D. C.), los neurocientíficos han venido demostrado que cuando estamos ociosos nuestros cerebros están más activos que nunca ya que “la red neuronal por defecto se ilumina y comienza a conectar áreas del cerebro que usualmente no se comunican y, por ello, un pensamiento perdido, un recuerdo aleatorio, un sonido e inclusive una imagen se pueden combinar para dar origen a ideas novedosas”.
Sandi Mann, en su libro ‘The Upside of Downtime Why Boredom is Good’ (‘El lado positivo de la inactividad. Por qué el aburrimiento es bueno’) asegura que el permitirle a la mente deambular sin una intención precisa es el caldo de cultivo de nuevas ideas y de la inspiración, ya que “la ociosidad es una búsqueda de la estimulación neural que no está satisfecha”; en otras palabras, si no podemos encontrar algo, nuestra mente lo creará.
La ‘deliciosa paradoja de la lentitud’ demuestra que aquellos que ralentizan a través de la meditación y el pensamiento lento, tienen más capacidades para gestionar el mundo rápido que aquellos que nunca pisan el freno.
Desacelerar en el agite del corre-corre de producción económica y consumo en el que nos embarcamos. Ralentizar para ir más directo. Salir de la rueda de hámster a través de la lentitud frente a la incertidumbre. Enfocarse e inspirarse a través de un propósito.
Porque la vuelta al papel protagónico de lo más elemental de la vida: parar, cuidarse, reflexionar, descansar, estar por fin con nosotros mismos, y por un buen rato, es el premio: tiempo de vida.
(•ө•)♡
Todo este conocimiento lo desarrolla Carl Honoré en sus libros «La lentitud como método» y «Elogio de la lentitud».
También aporta una mirada reflexiva y relajada sobre la infancia y la paternidad en su libro «Bajo Presión: Cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente». Y su última obra es «Elogio de la experiencia», una defensa del envejecimiento sin estereotipos ni complejos. Allí ensalza el valor de la experiencia, dignifica el cumplir años y nos enseña a disfrutar de las nuevas etapas de la vida de una forma más saludable.

Me ha gustado mucho. Sigue asi
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